Sueño en Español 5/28/2010

Bolivian Altiplano
Image by szeke via Flickr

Estoy en Sudamérica. Entre montañas y neblina camino por un pueblo olvidado y húmedo. Anochece y según me acerco al centro del pueblo veo pancartas y quioscos. Poco a poco la plaza se llena de gentes que celebran anticipadamente la llegada de alguien importante. Camino entre la súbita multitud y junto con ellos vuelvo mis ojos a la caravana de automóviles blancos que se acerca lentamente.

Entre cantos y vítores las gentes reciben al ganador de la contienda política. Es un hombre de estatura promedio, esbelto y de unos 45 años. Es mestizo y su piel bronceada contrasta con su vestimenta de hilo blanco. Es surreal verle apearse de su vehículo, rodeado de guardaespaldas y alcahuetes y poco a poco abrirse paso hasta el podio. Un estruendo extraordinario rompe la noche e ilumina la escena. Las balas -miles de ellas- hieren a las personas que rodean al ganador, e incluso puedo ver los blancos puntos donde cinco balas tocan la sien izquierda del político, sin matarle.

Nos interrogan a todos y cuando salgo de la improvisada estación policial, amanece. Me han llamado a testificar, y me aseguran que estaré protegida, pero no les creo. Cinco balas debieron matarle, y sin embargo vive. Las gentes piensan que hubo intervención divina. Yo, todo lo contrario. No es humano, o al menos no es de este mundo. El hecho de que este vivo me preocupa. Me regreso a las montañas, caminando. Cansada, decido esperar a que pase el próximo autobús. Mi poncho apenas me protege de este frío que cala hasta los huesos y me recuerda la pobreza en que vivimos.

Junto a mí, varios hombres se entretienen cuchicheando entre sí. Hablan bajito y yo no entiendo toda la conversación. Sólo capto que uno de ellos “se ahuevó” y tendría que rendirle cuentas a su comandante. Esto me confunde, porque van vestidos de civil, y estos chicos no son militares. Visten, hablan y se comportan como campesinos. El más viejo, pierde la paciencia y les ordena a callarse. Todos le obedecen.

No debe tener mas de 35 años, pero los surcos en su piel le hacen ver mayor. Su cara refleja la dureza de su vida cotidiana y la ausencia de algunos de sus dientes hacen evidente su pobreza. Pero le respetan, y bajan sus cabezas mientras el imparte sus amonestaciones. Sus músculos se tensan como para hacer énfasis a la seriedad de la situación. Han fallado en su objetivo, y nadie les va a creer que las balas no acertaron a matar. A ver quien le va a explicar eso al comandante, y quien va a consolar a sus madres y novias cuando la tierra se los trague. “Hablen de eso” les tienta, con ira.

El autobús se estaciona al otro lado de la calle y yo camino hacia el, con miedo de ser descubierta. Porque yo le puedo explicar al comandante como las balas sí tocaron al político, y como esa no es la manera de matarlo. Acierto a tomar asiento, y respiro aliviada de salir con vida de este lugar.

Han pasado ya varios meses desde el atentado. Frente al tribunal, la ciudadanía espera que comience el juicio contra los insurgentes. Los periodistas se disputan la colocación más privilegiada, a la entrada del juzgado. Desde mi balcón, los observo con una mezcla de curiosidad y desprecio. Mientras corto una manzana, pienso que tantas otras cosas deberían tomar nuestra atención, pero somos manipulables, y mañana habrá otra morbosidad más interesante.

El político y su séquito se allegan al tribunal saludando y abrazando a todo quien se le acerca. Vuelve su mirada hacia mi balcón y asiente con su cabeza, a modo de saludo. Siento nauseas, pero logro fingir una sonrisa mientras cierro las puertas, pillando las cortinas sin querer. No me gusta la idea de participar en este circo, pero los militares a mi puerta se asegurarán de que yo este presente en el tribunal, quiera o no.

Oigo movimiento en el pasillo que accede a mi habitación. Una voz áspera me indica que es hora y sumariamente abre la puerta. Me tiemblan las rodillas, pero el amargo sabor a vómito en mi garganta me recuerda que no hay marcha atrás. Camino erguida. Lentamente bajo las escaleras. El alboroto de la gente es ensordecedor, pero los soldados me van haciendo hueco. Una vez dentro del edificio me acerco a la mesa de recepción, donde me hacen firmar mi nombre. En tinta azul y con primitiva caligrafía escribo -Patricia Vicéns-. Frente a mí, el político me hace señas para que le acompañe a una oficina vacía, como si yo estuviese en posición de declinar. Me subleva su actitud conciliatoria.

La habitación es austera y gris. No enciende la bombilla del techo, ni la lámpara del escritorio, sólo nos ilumina la tenue luz que filtra por la ventana. Me ofrece la mejor butaca y me propone cooperar con él. Es su punto de vista que juzgamos a los insurgentes, no por el fallido atentado contra su vida, sino más bien por la cruel matanza de los inocentes que le rodeaban. ¿Quién puede estar seguro de lo que es real o imaginado en este mundo? Nadie tiene que saber que algunas balas le tocaron. Como saber si lo que se ha visto es producto de la imaginación o quizás, más probable aún, los comienzos de una demencia precoz. Nadie quiere pasar los años más productivos de su vida en una clínica psiquiátrica y mucho menos en este país tercermundista. Cuanta inmundicia nos rodea, en este mundo y cuan expuestos estamos al ostracismo, sin amigos. Sus severas palabras son dichas con una gentileza paternalista, que no logra ocultar el placer que le produce mi situación. Si coopero con el, soy cómplice de su régimen. Si relato lo que ví, nadie me va a creer y me tildaran de loca. Si guardo silencio, otorgo, y la gente comenzara a pensar, que yo soy parte de la milicia clandestina responsable de esta masacre. Tras su mirada lánguida, sé con certeza que el no ha vista la cuarta alternativa.

Me acerco mansa, con lágrimas en mis ojos y le doy las gracias. La tensión de su cuerpo se desvanece y mi cuchillo entra aceleradamente su cuello, cercenando la yugular. Aprovechando su silencio, trepo el escritorio y con el antiguo cable de la apagada bombilla me ahorco, feliz.

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